No podría prosperar en el terreno de la crítica de arte. Y con ello muy claramente presente asumo el hecho de lo que ha estado en cuestión formalmente y subrepticiamente.
No podría tampoco hacer valer al artista, pues no le conozco ni en persona ni su Obra. Pero puedo si hacer valer mi juicio respecto de lo que ha acontecido.
Una obra presentada en un concurso de mucho prestigio nacional en el terreno de las artes visuales se vio, aún lo está, amenazada de privacidad. Hoy la obra que es del propio Estado y por tanto de todos los uruguayos no se puede mostrar. Lo cual podría significar que el Estado ha adquirido una obra que no puede poner a disposición de los ciudadanos. Pero esto sólo forma parte de una cadena lógica y en absoluto es lo que nos preocupa en estas líneas.
Nos preocupa, aunque mas que ello, nos convoca a reflexionar lo que la obra en sí presenta y lo que la obra en sí convoca.
Es evidente que la literalidad de la fotografía no tiene parangón. El cuerpo en nuestra sociedad ha devenido un objeto de consumo. Y como tal la vejez es mas una fecha de vencimiento y la enfermedad un estado de alteración del producto. Separando ilusoriamente el hecho aún inevitable de nuestra decrepitud, prolongando el consumo hasta el límite de lo vivible. No se trata sólo de las corpóreas manifestaciones de los egos exaltados, también la noción de lo saludable se impone como producto.
La Obra en cuestión muestra un proceso, un tránsito acompañado, de muerte presumible. El dolor y el temor forman parte de la esencia misma del ser y ello no puede, desde mi visión, mas que ser sinceramente atendido. Pero no puede ser trasladable a todos, nuestra emoción no puede pretender absolutizarse, totalizarse hacia los demás. Las formas en que vivimos nuestras angustias o nuestros éxitos (que no tienen por qué ser contrapuestos) no podemos exijirla a los demás. Al punto tal de personalmente cuestionar las exigencias terapéuticas normalizadas de enfrentarnos a nostros mismos y de sobrevivirnos airosos y clementes.
Entrar a considerar sobre las razones que asisten a cada una de las partes íntimamente vinculadas con el eje de la obra, no me corresponde por respeto a las mismas, y porque se ha elegido el camino de la justicia para ello. Elemento este último que también considero de interés para analizar. ¿Puede acaso la justicia determinar los mecanismos legales de expresar el dolor?
Al punto pues, la enfermedad se nos presenta como algo que debemos esconder, no nos gusta andar enfermos, mucho menos mostrarnos enfermos. Y lo enfermo asusta. La visión médica sobre la discapacidad ha tenido mucho de este sentido, aunque afortunadamente se vienen desatando brisas para romper ese círculo de invisibilidad.
El cáncer es nuestro principal temor. Sus manifestaciones claras tendemos a ocultarlas. Recuerdo a mi viejo usando su boina.
Y qué si como sociedad nos animáramos a querernos y reconocernos también a través de la enfermedad.¿ Por qué eso que aparece como inminente e inevitable, se tiene que forjar como una cruz que nos hunde en lugar de elevarnos? La obra en cuestión, lejos de su valor estético propiamente dicho, que no me animo analizar, nos permite reflexionar sobre esto. Y tal vez la literalidad de la foto se nos impone mas fuertemenete que un relato escrito. No es la primera vez que el arte nos ofrece esta reflexión, incluso usando el mismo soporte.
No sé que pasará judicialmente, si permitirán o no mostrar la obra. Pero de cualquier forma podríamos animar socialemente una mirada nueva. No desde la lástima, no desde el ego que sufre un abandono. Sino desde la posibilidad misma de mirarnos enfermos y por ello aún vivos para animarnos incluso bajo esas circunstancias a no abandonarnos, a no escondernos.
jueves, 13 de enero de 2011
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